Tengo a la primavera impaciente.

by - enero 25, 2017

Camino hacia lo que me ha visto crecer. Los rayos del sol me dan directamente en la piel, a veces hasta me pica. La soledad me persigue y sale de entre los arbustos que adornan el camino. Tú ya no estás, y era un hecho impensable hace apenas unos meses. Yo ya no me veo igual en el espejo, y creía que mi visión seguiría intacta, que no cambiaría mi graduación.

Arrastro la mano derecha contra mi piel y ya echo de menos que no seas tú quien lo haga, o quien sea, pero no yo, ¿sabes? Me aburre pensar que seré yo siempre al tacto durante demasiado tiempo.
He tenido la posibilidad de atardecer en unos ojos que no eran míos, pero ahora no me siento amanecer en otra sensación que no sea la de una cama vacía, la de una vida incompleta buscando un futuro que no aparece, y que cuando lo hace, se desvanece delante de mis narices. 

No estoy preparada para todos los cambios si no siento una mano al otro lado del espejo, de la línea, del reflejo. No hay nadie al otro lado de mis ojos -esta vez sí hablo de los míos.-, no hay antorchas que los iluminen o rayos de sol que hagan brotar todas las ganas que tengo aquí dentro.
Que tengo a la primavera impaciente, y al verano borracho, tirado en algún bareto de mala muerte. Y cómo les digo yo, cómo les cuento que el invierno vino largo y todavía queda escarcha. Cómo les digo que aún salgo con bufanda a la calle, que tengo tos a la una y pico de la mañana, o que nadie me saca a bailar a partir de las doce.

Me paso la mano por el pelo mientras entro al lugar de las letras, la música y la historia que me ha cambiado la vida. La historia de la historia, la historia de las mujeres, de los romanos, de la humanidad, de los poco humanos. La historia de las historias que una vez quisieron contarme, pero que no terminé de entender. 
Hasta ahora.
Cojo aire, como si me faltara, como si no estuviese suficiente contaminado, y me lleno los pulmones de ganas, de miedo, de futuro incierto. De todo ese negro que me reconcome, de todo ese peso en el pecho, de esa sensación de no poder que se me ha metido en el ojo y no se va.
Me muerdo el labio, conteniendo una, dos, tres, no sé cuántas lágrimas que romperían contra mi pecho para salir a abrillantar mi cara.

Fuera hace sol, pero estamos en invierno.
Y yo, yo tengo a la primavera impaciente,
al verano borracho de ganas.
Y cómo les digo yo que todavía queda frío entre las manos. Cómo les digo yo que todavía no llega el calor, ni del tiempo, ni de otro cuerpo.
Cómo me digo que ya no estás, ni tú, ni tú, ni tú. Cómo me hago entender que se acercan cambios, que avecina tormenta helada y yo la espero en manga corta y sin nada de nada.
Sin una esperanza caliente a la que aferrarme.


@wguail

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3 comentarios

  1. Increíble. Increíble relato, increíbles palabras, ha logrado que me teletransportase.
    Un beso grande!

    Samy.

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  2. Ay. Al principio se me antojaba como el fragmento de un diario, como una página en uno de estos cuadernos que siempre llevamos encima para cuando apremia la necesidad de escribir. Y hacia el final lo he leído como si fuera una canción con guitarra rasgada. Me ha parecido bonito, a pesar de la tristeza que se puede leer entre líneas, o cierta nostalgia, o lo que sea pero que espero que no sea durante mucho tiempo.
    Te mando un abrazo enorme, While

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  3. Estoy segura de que vas a reírte en la cara de la tormenta y vas a poder con ella y con todos los desastres naturales que se crucen en tu camino.

    Un besazo, pArisina.

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